Cómo dejar el autoabandono y empezar a darte el valor que mereces

El autoabandono es una forma de relacionarse con uno mismo caracterizada por la negligencia y la falta de atención a las propias necesidades: una dejadez a la hora de revisar, fortalecer y promover la autoconfianza o los valores propios. No es un diagnóstico clínico, sino un patrón de comportamiento que puede convivir perfectamente con una vida que, desde fuera, parece funcionar sin problemas: trabajo, responsabilidades cumplidas, relaciones aparentemente normales. Por dentro, sin embargo, la historia es otra.

Un patrón que pasa desapercibido

 

Lo más característico del autoabandono es precisamente su invisibilidad. No suele sentirse como una decisión consciente ni aparece con una sensación clara de estar haciéndose daño. De hecho, muchas veces se vive como justo lo contrario: como ser responsable, aguantar, adaptarse o hacer lo que toca para que todo siga funcionando. Por eso es tan difícil de detectar.

La mayoría de las personas no se levantan una mañana pensando: «Voy a dejar de cuidarme» o «Voy a ignorar lo que necesito». Lo que ocurre suele ser mucho más sutil. Se pospone una conversación incómoda para evitar conflicto. Se cancela el descanso porque hay demasiado trabajo. Se deja para más adelante una afición, una necesidad o una decisión importante porque ahora mismo hay otras prioridades. Aisladas, ninguna de esas decisiones parece preocupante. De hecho, muchas pueden ser razonables en determinados momentos.

El problema aparece cuando dejan de ser excepciones y se convierten en la forma habitual de relacionarse con uno mismo. Poco a poco, la persona empieza a acostumbrarse a ocupar siempre el último lugar: primero las obligaciones, luego las expectativas de otros, después el trabajo, después mantener el equilibrio… y ya si queda espacio, uno mismo. Y como no hay una ruptura visible, cuesta identificar que algo está pasando.

No siempre se nota como tristeza o malestar intenso. A veces aparece como cansancio constante, sensación de estar funcionando en piloto automático, dificultad para saber qué se quiere realmente o la impresión de que hace tiempo que uno dejó de tomar decisiones desde el deseo y empezó a tomarlas solo desde la necesidad o la costumbre.

Esa acumulación silenciosa es lo que hace que el autoabandono sea tan difícil de detectar a tiempo. No hay un momento concreto que marque el inicio. Es una sucesión de pequeñas renuncias que, una a una, parecen insignificantes, pero que con los meses y los años terminan construyendo una forma de vivir cada vez más desconectada de las propias necesidades, preferencias y límites. Muchas personas no se dan cuenta hasta que intentan responder una pregunta aparentemente sencilla: «¿Qué necesito yo ahora mismo?» y descubren que hace tiempo que dejaron de preguntárselo.

Cómo se manifiesta en el día a día

 

El autoabandono tiene expresiones muy concretas y reconocibles. En el plano físico, se manifiesta ignorando los problemas de salud porque se está «demasiado ocupado», saltándose comidas o recurriendo a hábitos alimentarios poco saludables, aplazando el ejercicio aunque se sabe que mejora el estado de ánimo, e ignorando la necesidad de descanso mientras se trabaja en exceso.

En el plano emocional, el patrón es igualmente identificable. Implica no alimentar los propios sentimientos, saltarse la autorreflexión y permitir que la conversación interna se vuelva tóxica. Las personas que se autoabandonan tienden a minimizar sus sentimientos y a poner las necesidades emocionales de los demás por encima de las suyas, lo que puede llevar al aislamiento social, ya que descuidan sus relaciones personales evitando el tiempo con amigos y seres queridos.

Hay un terreno especialmente revelador: el de las relaciones interpersonales. En la adultez, esto suele manifestarse como complacencia hacia los demás, perfeccionismo o supresión emocional, estrategias que originalmente se adoptaron para mantener el vínculo afectivo pero que más adelante se convierten en comportamientos de autosabotaje que erosionan la conexión con uno mismo. Quien vive en autoabandono puede encontrarse disculpándose por cosas que están fuera de su control, ajustando sus opiniones para coincidir con las de quienes le rodean, o asumiendo responsabilidades que no son suyas solo por mantener la paz.

Y está, por supuesto, la dificultad para poner límites. El descuido hacia uno mismo hace sentirse incapaz de decir «no» a cualquier demanda; todo se asume, todo se acepta, y se avanza con la corriente por mera inercia, una dinámica que se explica por la incapacidad de salvaguardar las propias necesidades.

El origen: por qué aprendemos a abandonarnos

 

Este comportamiento suele provenir de cómo se fue tratado en la niñez, y normalmente está vinculado a haber sido abandonado emocional o físicamente por las figuras de cuidado, lo que comporta sentirse indigno o poco amado; las personas que han vivido en ese entorno tienden a repetir estos patrones porque les resultan más familiares.

Es un mecanismo de adaptación que, en su origen, cumplió una función protectora. Quienes lo desarrollan aprendieron a sobrevivir desconectándose de sus necesidades básicas: descansar, alimentarse bien, moverse, disfrutar. Quizás fueron la niña o el niño que se hizo adulto demasiado pronto, que aprendió a no molestar, a no necesitar, a no ser una carga. El problema es que esa estrategia de supervivencia infantil se mantiene activa en la adultez, mucho después de que haya dejado de ser necesaria, y se convierte entonces en un obstáculo más que en una protección.

Las consecuencias de no atenderlo

 

Cuando alguien entra en dinámicas de autoabandono, empieza a normalizar pequeñas formas de descuido: dormir menos de lo que necesita, aplazar descansos, comer sin prestar atención al hambre o al cansancio, dejar de moverse, vivir en estado de alerta constante o asumir que sentirse agotado es simplemente parte de la vida adulta. Al principio el cuerpo suele compensar. Pero el cuerpo también tiene límites.

Con el tiempo pueden aparecer señales más persistentes: sensación de cansancio incluso después de descansar, dificultad para desconectar, sueño poco reparador, tensión física constante, cambios en el apetito, sensación de estar funcionando siempre con la energía justa o una percepción continua de que recuperar el equilibrio cuesta cada vez más. No significa que el autoabandono provoque automáticamente enfermedades concretas, pero sí puede contribuir a mantener niveles altos de estrés y a deteriorar hábitos que son importantes para la salud física y el bienestar general.

En el plano psicológico, el impacto suele ser igual de silencioso. Cuando una persona se acostumbra durante mucho tiempo a ignorar lo que siente o necesita, empieza a perder referencia de sí misma. Ya no decide tanto desde lo que quiere, sino desde lo que espera el entorno, desde la obligación o desde evitar conflictos. Eso puede traducirse en ansiedad, sensación de desconexión, desmotivación, irritabilidad, tristeza persistente o una autoestima cada vez más dependiente del rendimiento o de la aprobación externa.

Y hay algo especialmente complejo de este patrón: tiende a alimentarse a sí mismo. Todo suele empezar con algo pequeño: posponer una necesidad, evitar una emoción incómoda o convencerse de que ya habrá tiempo más adelante. Pero cuanto más se repite, más normal parece. Con el tiempo, la vida sigue funcionando hacia fuera, pero cada vez cuesta más reconocerse dentro de ella.

Por eso el problema del autoabandono no es solo lo que se deja de hacer por uno mismo. Es que, si se mantiene demasiado tiempo, uno puede acabar perdiendo la costumbre de preguntarse qué necesita, qué siente o qué quiere realmente.

Por qué entenderse es el primer paso, no el último

 

Existe la tentación, al identificar este patrón, de querer «arreglarlo» de inmediato con una lista de buenos hábitos: dormir más, hacer ejercicio, decir que no más a menudo. Son pasos útiles, pero abordarlos sin entender primero de dónde viene el patrón suele tener resultados limitados, porque se está intentando cambiar un comportamiento sin tocar la raíz emocional que lo sostiene.

El lema de la psicóloga Soraya Sánchez nos recuerda que «entenderse a uno mismo es el primer acto de amor propio». Y para superar este problema es imprescindible reconocer que está sucediendo y aceptar que es un problema, antes de pasar a cualquier estrategia de cambio. Sin esa comprensión previa, los intentos de modificar el comportamiento tienden a fracasar o a sostenerse poco tiempo, porque no atienden la causa real del patrón.

Estrategias concretas para empezar a darte valor

 

Una vez reconocido el patrón y comprendido su origen, hay pasos concretos que ayudan a revertirlo:

Cuestionar el diálogo interno crítico. Si el pensamiento está repleto de críticas hacia uno mismo, conviene razonar con esas ideas y cambiarlas por afirmaciones más positivas y realistas, sobre todo frente a los errores, que es preferible afrontar con mayor compasión y amabilidad en lugar de con miedo al fracaso.

Aprender a poner límites… y también a decir que sí. Cuando se habla de dejar de autoabandonarse, uno de los consejos que más se repiten es aprender a decir que no. Y tiene sentido: muchas personas llegan al agotamiento precisamente porque se acostumbran a aceptar responsabilidades, relaciones o situaciones que van constantemente en contra de lo que necesitan. Aprender a poner límites suele ser una parte importante del proceso. Significa dejar de asumir que estar siempre disponible es una obligación, reconocer que el tiempo y la energía también son recursos limitados y entender que cuidar de uno mismo no es incompatible con cuidar de los demás. Pero hay un matiz que muchas veces se pierde. Porque no todas las formas de autoabandono consisten en dar demasiado a otros. A veces el autoabandono aparece justo al revés: cuando dejamos de exponernos a experiencias que nos harían bien porque requieren esfuerzo, incertidumbre o incomodidad. Decir siempre que no también puede convertirse en una forma de desconexión. Hay personas que, después de mucho tiempo cansadas, decepcionadas o desconectadas de sí mismas, empiezan a rechazar planes, oportunidades o vínculos no porque no quieran realmente, sino porque se han acostumbrado a protegerse evitando cualquier cosa que implique energía emocional.

Y ahí aparece otro aprendizaje igual de importante: aprender a decir que sí. Sí a salir, aunque al principio no apetezca demasiado. Sí a retomar una actividad que antes gustaba. Sí a pedir ayuda. Sí a conocer gente nueva. Sí a probar una rutina distinta. Sí a hacer algo que genere un poco de incomodidad pero también curiosidad.

La diferencia no está en si la respuesta es sí o no. Está en desde dónde se toma. Un límite sano suele proteger algo que valoras. Una evitación suele alejarte de algo que en el fondo te importa. Por eso recuperar el equilibrio no consiste en empezar a rechazar todo ni en obligarse a estar siempre disponible. Consiste en volver a preguntarse: «¿Esto me acerca a la vida que quiero tener o me aleja de ella?». A veces cuidarse significa cancelar un compromiso. Y otras veces significa ponerse los zapatos y salir de casa, aunque una parte de uno prefiera quedarse donde todo parece más fácil.

Atender las necesidades básicas sin condicionarlas a merecerlas. Dormir lo suficiente, comer con regularidad, moverse, descansar: estas necesidades no son privilegios que haya que ganarse a base de productividad o de cumplir con los demás. Son la base sobre la que se sostiene cualquier otro tipo de bienestar.

Practicar la gratitud y el reconocimiento de los pequeños logros. La gratitud ayuda a enfocarse en lo positivo del día a día, y puede actuar como contrapeso frente a la autoexigencia desmesurada que muchas personas con autoabandono mantienen consigo mismas.

Buscar acompañamiento profesional cuando el patrón está muy arraigado. La terapia puede ser muy útil para entender las raíces del autoabandono y aprender habilidades concretas para cambiar este comportamiento. En patrones que vienen de la infancia, contar con una guía profesional facilita identificar matices y bloqueos que resultan difíciles de ver desde dentro.

Volver a habitarte no es egoísmo

 

Quizá una de las ideas más difíciles de aceptar para quien lleva años en autoabandono es esta: ocuparse de uno mismo no es un acto egoísta. Para muchas personas, dejar de ignorarse genera incluso incomodidad al principio. Después de tanto tiempo priorizando necesidades ajenas, siendo útiles, resolviendo problemas o adaptándose constantemente, empezar a preguntarse «¿qué necesito yo?» puede sentirse extraño, exagerado o incluso culpable. Pero cuidarse no significa dejar de cuidar a los demás. Significa dejar de desaparecer de la ecuación.

Volver a uno mismo tampoco significa aislarse, poner límites a todo el mundo o construir una versión perfecta y completamente equilibrada de la vida. Tampoco consiste en añadir más tareas de autocuidado a una agenda ya saturada ni en convertir el bienestar en otro proyecto que hacer bien.

A veces empieza con cosas mucho más pequeñas. Dormir cuando el cuerpo lo pide.
Reconocer una emoción en lugar de apartarla. Aceptar que algo duele. Volver a hacer una llamada pendiente. Salir de casa. Descansar sin justificarlo. Decir que no cuando hace falta. Y otras veces, decir que sí a algo que da miedo pero también ilusión.

Es empezar a contar también como alguien que merece atención, cuidado, descanso y comprensión, en igual medida que durante años se ha reservado para otras personas o para otras obligaciones. Y quizá eso sea lo más importante: recuperar la idea de que la relación con uno mismo no tiene por qué estar basada solo en exigencia, rendimiento o supervivencia. La vida no siempre necesita más disciplina, más productividad o más logros. A veces necesita algo más sencillo y más difícil a la vez: volver a estar presente en ella. Porque el final del autoabandono no suele sentirse como convertirse en alguien nuevo. Suele sentirse como volver, poco a poco, a habitar la propia vida.

Compartir:

Facebook
Twitter
LinkedIn
Pinterest
Más comentados
Metabolismo: ¿mito o realidad?

Cuántas veces hemos justificado nuestro sobrepeso alegando que se debe al metabolismo de nuestro cuerpo y nos han respondido con el ofensivo tópico: «En el Tercer Mundo no hay gordos».

Comer despacio

Los principios básicos de una buena dieta consisten no en lo que comemos sino en cómo lo hacemos. Hacer cinco comidas al día y comer lento son dos

Diviértete haciendo deporte

Cuando no tenemos costumbre de hacer ejercicio, nuestro principal enemigo es la pereza. Si nunca hemos practicado deporte, tenemos la falsa idea preconcebida de que es una actividad en la

¿Correr o caminar?

A la pregunta de qué es mejor, si correr o caminar, la verdad es que no podemos ofrecer una respuesta única. Como diría un gallego, “depende”, en este

Scroll al inicio