Cuando tenemos un problema relacionado con nuestro bienestar emocional, nuestra memoria, el sueño, la ansiedad o determinados síntomas neurológicos, puede surgir una duda bastante habitual. ¿A qué profesional deberíamos acudir? Neurólogos, psiquiatras y psicólogos pueden trabajar con problemas que en algunas ocasiones parecen similares desde fuera, pero su formación, sus competencias y la manera de abordar cada situación son diferentes. Conocer estas diferencias puede ayudarnos a comprender mejor qué hace cada uno y, sobre todo, por qué en algunos casos pueden participar varios profesionales en la atención de una misma persona.
La confusión es comprensible porque existe cierto solapamiento entre los síntomas que pueden aparecer en diferentes problemas. Una dificultad para concentrarnos, por ejemplo, puede estar relacionada con numerosas circunstancias. Algo parecido sucede con las alteraciones del sueño, los cambios de comportamiento, las dificultades de memoria o determinados síntomas físicos. Esto no significa que podamos establecer nosotros mismos qué especialista necesitamos únicamente a partir de un síntoma aislado, sino que muchas veces será necesaria una valoración que tenga en cuenta el conjunto de lo que nos ocurre.
Entender las funciones de estos profesionales también puede ayudarnos a normalizar determinadas consultas. Acudir al psicólogo o al psiquiatra no debería parecernos más extraño que consultar con cualquier otro profesional sanitario cuando existe un problema que está afectando a nuestra vida. De la misma manera, no todos los dolores de cabeza o pequeños olvidos significan que exista una enfermedad neurológica. Lo importante es saber que existen diferentes especialistas y que cada uno puede aportar una mirada distinta cuando realmente la necesitamos.
El neurólogo se ocupa de las enfermedades relacionadas con el sistema nervioso.
La neurología es una especialidad médica centrada en el sistema nervioso. Esto incluye el cerebro, la médula espinal, los nervios periféricos y otras estructuras relacionadas con su funcionamiento. Por eso podemos acudir a neurología ante problemas muy diferentes, desde determinadas cefaleas hasta epilepsia, enfermedad de Parkinson, esclerosis múltiple, alteraciones neuromusculares o enfermedades que afectan a la memoria y otras capacidades cognitivas. Como sucede con cualquier especialidad médica, la valoración dependerá de los síntomas y de la historia concreta de cada paciente.
Durante una consulta, el neurólogo puede realizar una historia clínica detallada y una exploración neurológica. En función de aquello que encuentre y de los síntomas que presente la persona, puede valorar la necesidad de solicitar determinadas pruebas. No todos los pacientes necesitan las mismas y tampoco deberíamos pensar que una prueba más compleja significa necesariamente que exista un problema más grave. Las exploraciones complementarias sirven para responder preguntas clínicas concretas y deben interpretarse junto al resto de información.
Una de las cuestiones que puede generar confusión es que las enfermedades neurológicas no siempre producen síntomas que identifiquemos inmediatamente con el cerebro o los nervios. Alteraciones de la fuerza, equilibrio, sensibilidad, lenguaje, coordinación o memoria pueden estar relacionadas con el sistema nervioso. También existen síntomas que pueden tener diferentes causas, de modo que la función del especialista no consiste simplemente en relacionar automáticamente un síntoma con una enfermedad, sino en estudiar lo que ocurre y establecer qué valoración resulta necesaria.
El psiquiatra también es médico, pero está especializado en salud mental.
El psiquiatra ha estudiado Medicina y posteriormente se ha especializado en psiquiatría. Su campo de trabajo se centra en la evaluación, diagnóstico, prevención y tratamiento de los trastornos mentales y del comportamiento. Puede atender, entre otras situaciones, problemas relacionados con depresión, ansiedad, trastorno bipolar, psicosis, trastornos de la conducta alimentaria, adicciones y otras alteraciones de la salud mental. Evidentemente, que una persona atraviese unos días de tristeza o nerviosismo no significa automáticamente que tenga un trastorno psiquiátrico.
Una diferencia que suele resultar fácil de comprender es que el psiquiatra, como médico, puede valorar y prescribir medicamentos cuando están indicados. Esto tampoco significa que todas las personas que acuden a psiquiatría tengan que recibir tratamiento farmacológico. La decisión dependerá del problema, su intensidad, la situación del paciente, sus antecedentes y otros factores que el profesional tendrá que valorar. En determinados casos, además, el tratamiento puede combinarse con intervención psicológica.
La psiquiatría tampoco debería reducirse únicamente a recetar medicamentos. La consulta incluye una valoración de la persona y de los síntomas que presenta, su evolución y el impacto que están teniendo en su vida. Dependiendo del caso, puede existir también coordinación con psicología, atención primaria u otras especialidades. La salud mental es compleja y difícilmente puede entenderse observando un único factor aislado de todo lo demás.
El psicólogo trabaja con los pensamientos, emociones y comportamientos.
La psicología es una disciplina diferente de la medicina y eso determina también la formación de sus profesionales. Dentro del ámbito sanitario existen diferentes figuras y requisitos profesionales, por lo que conviene comprobar la cualificación del profesional al que acudimos. En España, la Psicología Clínica constituye una especialidad sanitaria y su ámbito incluye procesos psicológicos relacionados con la salud, así como la evaluación y tratamiento de problemas emocionales, cognitivos y de comportamiento, entre otros.
En psicoterapia podemos trabajar cuestiones muy diferentes. Ansiedad, estado de ánimo, autoestima, duelos, dificultades emocionales, relaciones personales, miedos o determinadas situaciones vitales pueden llevarnos a consultar. El trabajo no consiste simplemente en contar nuestros problemas mientras alguien nos escucha. Dependiendo del enfoque y de nuestras necesidades, pueden utilizarse diferentes herramientas dirigidas a comprender lo que ocurre y desarrollar formas de afrontarlo.
El psicólogo no prescribe medicamentos. Esta es probablemente una de las diferencias que más fácilmente podemos recordar respecto al psiquiatra. Su intervención utiliza herramientas psicológicas y psicoterapéuticas, aunque la forma concreta de trabajar dependerá de la formación del profesional, el problema y las características de la persona. En algunos casos, la terapia psicológica puede ser la intervención principal y, en otros, puede formar parte de un abordaje conjunto con psiquiatría u otras especialidades.
Algunos síntomas pueden hacernos dudar sobre a quién acudir.
En teoría parece sencillo diferenciar las tres profesiones, pero cuando trasladamos esa explicación a situaciones reales, aparecen más dudas. Pensemos en alguien que lleva meses durmiendo mal, está muy cansado, tiene dificultades para concentrarse y nota que su memoria funciona peor. Con esa información aislada no podemos saber cuál es la causa. El sueño insuficiente, el estrés, determinados problemas emocionales, algunas enfermedades y otros factores pueden producir síntomas que se parecen entre sí.
Lo mismo sucede con los dolores de cabeza. Existen cefaleas que pueden requerir valoración neurológica, pero tener dolor de cabeza ocasional no significa automáticamente que tengamos una enfermedad neurológica. También podemos pensar en una persona que experimenta episodios intensos de ansiedad acompañados de sensaciones físicas que le preocupan. Dependiendo de las características del caso, puede ser necesario valorar diferentes posibilidades antes de asumir que todo tiene un origen exclusivamente psicológico.
Entre las situaciones que pueden llevarnos a consultar encontramos cambios importantes en nuestro estado emocional, dificultades persistentes para realizar nuestras actividades habituales, problemas de memoria que interfieren en el día a día, alteraciones llamativas del comportamiento, crisis de ansiedad recurrentes, cefaleas con características preocupantes o síntomas neurológicos nuevos. Esta lista no sirve para autodiagnosticarnos. Su utilidad está precisamente en recordarnos que síntomas parecidos pueden necesitar valoraciones diferentes y que pedir orientación profesional puede ser más útil que intentar encontrar nosotros mismos una explicación definitiva.
A veces necesitamos que diferentes profesionales trabajen conjuntamente.
Separar neurología, psiquiatría y psicología nos ayuda a entender sus funciones, aunque en la práctica las fronteras no siempre son tan rígidas. Nuestro cerebro, nuestras emociones, nuestro comportamiento y nuestra salud física forman parte de la misma persona. Por eso determinadas situaciones pueden beneficiarse de una valoración en la que participen profesionales de diferentes áreas, especialmente cuando existen síntomas cognitivos, emocionales y neurológicos al mismo tiempo.
En este sentido, desde Clínica Nea explican que trabajan mediante un equipo multidisciplinar en el que participan profesionales de neurología, neuropsicología, psiquiatría y psicología. Desde el centro diferencian la neurología como el área orientada a la prevención, diagnóstico y tratamiento de enfermedades relacionadas con el sistema nervioso, la psiquiatría como la especialidad dedicada al diagnóstico y tratamiento de trastornos mentales y la psicología como un área desde la que se trabaja mediante psicoterapia sobre la salud mental y el bienestar. Esta organización nos permite entender de forma sencilla por qué distintos profesionales pueden aportar perspectivas complementarias cuando un caso lo necesita.
La coordinación puede ser especialmente útil cuando los síntomas no encajan fácilmente en una única categoría. Una persona con una enfermedad neurológica puede experimentar también ansiedad, cambios emocionales o dificultades para adaptarse a su nueva situación. Del mismo modo, determinados problemas de salud mental pueden requerir tanto seguimiento médico como terapia psicológica. Trabajar de forma coordinada permite que cada profesional intervenga dentro de su ámbito sin convertir las distintas partes del tratamiento en compartimentos completamente separados.
La neuropsicología es otra disciplina que podemos encontrarnos en este camino
Cuando hablamos de neurología y psicología aparece además una figura que puede generar todavía más dudas, la neuropsicología. De manera general, esta disciplina estudia la relación entre el funcionamiento cerebral y capacidades como la memoria, la atención, el lenguaje, la percepción o las funciones ejecutivas. Puede participar tanto en procesos de evaluación como en programas de rehabilitación cognitiva dependiendo de las necesidades de cada persona.
Imaginemos a alguien que ha sufrido una lesión cerebral o que presenta cambios en la memoria y la atención. Además de conocer la causa médica del problema, puede ser necesario valorar con detalle cómo están funcionando diferentes capacidades cognitivas. Para ello pueden utilizarse entrevistas, pruebas estandarizadas y otras herramientas que permiten obtener información sobre distintas funciones. El objetivo no consiste únicamente en conseguir una puntuación, sino en interpretar los resultados dentro del contexto de cada paciente.
La rehabilitación neuropsicológica puede aparecer posteriormente en determinados casos. Si existen dificultades cognitivas después de una lesión o enfermedad, el trabajo puede orientarse a recuperar funciones cuando sea posible, desarrollar estrategias compensatorias y facilitar el funcionamiento cotidiano. De nuevo vemos que diferentes profesionales pueden participar en fases distintas de un mismo proceso sin que eso signifique que estén realizando exactamente el mismo trabajo.
No tenemos que saber el diagnóstico antes de pedir ayuda
A veces retrasamos una consulta porque no sabemos exactamente qué especialista necesitamos. Es comprensible, pero tampoco podemos exigirnos tener una respuesta que precisamente corresponde encontrar a los profesionales. Podemos comenzar explicando qué nos sucede, desde cuándo ocurre, con qué frecuencia aparece y de qué manera está afectando a nuestra vida. Esa información suele resultar mucho más útil que intentar acudir con un diagnóstico elaborado a partir de búsquedas en internet.
También podemos recurrir inicialmente a atención primaria cuando no sabemos por dónde empezar. El profesional puede realizar una primera valoración y, cuando sea necesario, orientar hacia otra especialidad. Esto resulta especialmente importante cuando aparecen síntomas físicos nuevos o cuando existen dudas sobre su origen. No todos los problemas necesitan necesariamente una derivación y no todos requieren pruebas complejas, pero una valoración profesional permite decidir los siguientes pasos con mayor criterio.
En situaciones urgentes el planteamiento cambia. Síntomas neurológicos de aparición repentina, como una pérdida brusca de fuerza, dificultades súbitas para hablar o alteraciones importantes de la conciencia, requieren atención urgente y no deberían esperar a una consulta ordinaria. De la misma manera, una crisis de salud mental con riesgo inmediato para la propia persona o para otras necesita atención urgente. Saber diferenciar una consulta programable de una situación urgente también forma parte de utilizar correctamente los recursos sanitarios.
Más que elegir entre profesionales, debemos entender qué puede aportar cada uno
Después de conocer estas diferencias resulta más fácil comprender que neurólogos, psiquiatras y psicólogos no son profesionales intercambiables. El neurólogo es médico especialista en enfermedades del sistema nervioso. El psiquiatra es médico especializado en salud mental y puede utilizar tratamientos farmacológicos cuando están indicados. El psicólogo trabaja mediante herramientas propias de la psicología y, dentro del ámbito sanitario, puede evaluar e intervenir sobre diferentes problemas emocionales y conductuales.
Esto no significa que siempre tengamos que escoger uno y descartar automáticamente a los demás. Dependiendo de lo que nos ocurra podemos necesitar únicamente a un profesional o beneficiarnos de un abordaje en el que intervengan varios. Lo importante es evitar ideas demasiado simplificadas, como pensar que cualquier problema de memoria corresponde necesariamente al neurólogo o que cualquier episodio de ansiedad debe abordarse exactamente de la misma manera.
Comprender estas diferencias puede ayudarnos sobre todo a pedir ayuda con menos dudas. No necesitamos conocer de antemano el nombre exacto de aquello que nos ocurre ni saber qué tratamiento necesitaremos. Podemos empezar explicando nuestros síntomas y cómo afectan a nuestra vida, dejando que la valoración profesional determine qué pasos tienen sentido. Al final, las distintas especialidades existen precisamente porque nuestra salud es compleja y porque observar un problema desde perspectivas diferentes puede ser necesario para comprenderlo y abordarlo adecuadamente.