Cuidar nuestros dientes no debería ser algo de lo que nos acordemos únicamente cuando aparece dolor, sensibilidad o alguna molestia que nos obliga a pedir cita con el dentista. La salud de nuestra boca se construye en buena medida con pequeños gestos que repetimos todos los días y que, precisamente por ser tan cotidianos, a veces hacemos de manera automática. Cepillarnos correctamente, prestar atención a los espacios entre los dientes, controlar determinados hábitos alimentarios y observar cualquier cambio son acciones sencillas que pueden ayudarnos a conservar nuestra boca en mejores condiciones durante más tiempo.
Muchas veces pensamos que cuidar los dientes consiste únicamente en cepillarlos después de comer, pero hay bastantes más factores que influyen. No sirve de mucho hacer un cepillado rápido si dejamos siempre determinadas zonas sin limpiar, del mismo modo que tampoco deberíamos confiar en que un colutorio pueda compensar una higiene insuficiente. La constancia suele ser mucho más importante que buscar continuamente productos nuevos o soluciones que prometen resultados extraordinarios.
Una de las mejores formas de cuidar nuestra boca es conseguir que estos hábitos formen parte de nuestra rutina hasta que apenas tengamos que pensar en ellos. Igual que nos duchamos, nos lavamos las manos o preparamos la ropa para el día siguiente, podemos reservar unos minutos para nuestra higiene bucodental. No supone demasiado tiempo y, cuando lo hacemos correctamente y con regularidad, estamos prestando atención a una parte de nuestro cuerpo que utilizamos continuamente para comer, hablar y sonreír.
Cepillarnos bien es más importante que hacerlo deprisa
El cepillado es probablemente el hábito que todos relacionamos inmediatamente con el cuidado dental, aunque hacerlo todos los días no significa necesariamente hacerlo correctamente. A veces vamos con prisa por la mañana o llegamos cansados por la noche y terminamos pasando el cepillo rápidamente por las zonas más visibles. El problema es que los dientes tienen diferentes superficies y necesitamos prestar atención tanto a la parte exterior como a la interior y a las zonas que utilizamos para masticar.
Una buena rutina consiste en cepillarnos los dientes aproximadamente durante dos minutos y hacerlo dos veces al día con una pasta dental con flúor, prestando especial atención al cepillado antes de acostarnos. Tanto un cepillo manual como uno eléctrico pueden ayudarnos a realizar correctamente esta tarea, siempre que consigamos limpiar todas las superficies de los dientes. Esto nos demuestra que no necesitamos necesariamente el producto más sofisticado, sino aprender a utilizar correctamente aquello que tenemos y dedicar el tiempo suficiente a nuestra higiene diaria.
También deberíamos evitar cepillarnos con demasiada fuerza pensando que así conseguiremos una limpieza mayor. La higiene dental no consiste en frotar cuanto más fuerte mejor. Los movimientos deben permitirnos limpiar correctamente sin convertir el cepillado en una agresión constante para nuestras encías. Si tenemos dudas sobre nuestra técnica, preguntar durante una revisión puede resultar mucho más útil que continuar durante años repitiendo los mismos movimientos simplemente porque son los que aprendimos de pequeños.
Los espacios entre los dientes también necesitan nuestra atención
Hay zonas de nuestra boca a las que un cepillo convencional no llega con facilidad. Los espacios entre los dientes son un buen ejemplo y, aunque visualmente podamos pensar que nuestra boca está perfectamente limpia después del cepillado, allí pueden permanecer restos y placa. Por eso la higiene interdental debería formar parte de nuestros hábitos y no convertirse en algo que solamente hacemos cuando notamos comida atrapada.
Dependiendo de nuestra boca podemos utilizar seda dental o cepillos interdentales, y un profesional puede ayudarnos a escoger qué opción resulta más adecuada. El Consejo General de Dentistas incluye la higiene interdental dentro de sus recomendaciones para una buena higiene bucodental junto al cepillado con pasta fluorada. La cuestión importante es entender que limpiar entre los dientes complementa el cepillado en lugar de sustituirlo.
Al principio puede parecernos una tarea incómoda y es bastante habitual que nos dé pereza incorporarla a nuestra rutina. Sin embargo, podemos asociarla al cepillado nocturno y convertir ambos gestos en una única costumbre. Una vez que lo hacemos de manera habitual deja de parecernos un paso extraordinario. Como ocurre con tantos hábitos relacionados con nuestra salud, la dificultad suele estar más en adquirir la rutina que en mantenerla cuando ya forma parte de nuestro día.
Lo que comemos y bebemos también influye en nuestra boca
Nuestra alimentación tiene una relación directa con los dientes porque todo aquello que comemos y bebemos pasa por nuestra boca. No se trata de vivir preocupados por cada alimento ni de eliminar por completo cualquier capricho, sino de entender que la frecuencia con la que consumimos determinados productos también importa. Las bebidas azucaradas, los dulces y otros alimentos ricos en azúcares pueden favorecer unas condiciones menos beneficiosas para nuestros dientes cuando su consumo es frecuente.
Podemos empezar con decisiones bastante sencillas. Beber agua habitualmente, evitar estar picando productos azucarados durante todo el día y mantener una alimentación variada son cambios mucho más realistas que imponernos reglas imposibles de mantener. Tampoco debemos caer en la idea de que existe algún alimento capaz de sustituir el cepillado. Una dieta equilibrada y una buena higiene son cuestiones complementarias.
También conviene prestar atención a esas costumbres que apenas consideramos porque forman parte de nuestro día. Añadir azúcar constantemente al café, tomar refrescos de manera habitual o tener siempre algún dulce cerca puede hacer que expongamos nuestros dientes repetidamente sin darnos cuenta. No necesitamos obsesionarnos contando cada ocasión, pero sí podemos observar nuestras rutinas y preguntarnos si algunas podrían modificarse con bastante facilidad.
Nuestra rutina de higiene puede ser sencilla y completa al mismo tiempo
Cuando vemos la enorme cantidad de productos disponibles para el cuidado dental podemos pensar que necesitamos un cuarto de baño lleno de artículos diferentes. En realidad, una rutina cotidiana puede ser bastante sencilla. Lo importante es que esté bien realizada y que los productos adicionales respondan a nuestras necesidades reales. Un colutorio, por ejemplo, no debería convertirse automáticamente en un sustituto del cepillo porque tengamos prisa.
Podemos recordar algunas cuestiones básicas para organizar nuestra rutina:
- Cepillarnos dos veces al día prestando atención a todas las superficies
- Utilizar una pasta dental con flúor adecuada
- Dedicar tiempo suficiente al cepillado en lugar de hacerlo con prisas
- Limpiar también los espacios entre los dientes
- Sustituir el cepillo o el cabezal cuando corresponda
- No utilizar el colutorio como sustituto del cepillado
- Consultar cuando tengamos dudas sobre qué productos necesitamos
El objetivo no es hacer nuestra higiene más complicada, sino más constante. Podemos tener muchos productos y utilizarlos incorrectamente o contar con una rutina relativamente sencilla y realizarla todos los días con cuidado. Personalmente, me parece mucho más razonable la segunda opción. Cuando una rutina resulta demasiado complicada es más fácil terminar abandonándola, mientras que unos pocos pasos que entendemos y podemos mantener tienen muchas más posibilidades de convertirse en un hábito duradero.
Cambiar el cepillo también forma parte del cuidado de nuestros dientes
Utilizamos el cepillo todos los días y, sin embargo, podemos olvidarnos durante meses de comprobar en qué estado se encuentra. Con el uso, las cerdas se van deteriorando y llega un momento en el que debemos sustituirlo. El Consejo General de Dentistas recomienda renovar el cepillo aproximadamente cada tres meses dentro de sus pautas generales de prevención. Más allá de recordar una fecha concreta, también podemos observar físicamente cómo se encuentran las cerdas.
Una forma sencilla de no olvidarnos es asociar el cambio a determinados momentos del año o anotarlo en el calendario del teléfono. Si utilizamos un cepillo eléctrico tendremos que prestar la misma atención al cabezal. No porque el mango continúe funcionando significa que la parte que realmente entra en contacto con nuestros dientes vaya a mantenerse indefinidamente en buenas condiciones.
También deberíamos cuidar cómo guardamos nuestro cepillo. Después de utilizarlo podemos aclararlo y dejarlo en una posición que permita que se seque correctamente, evitando mantenerlo continuamente húmedo dentro de recipientes cerrados. Son pequeños detalles que apenas requieren esfuerzo y que podemos incorporar fácilmente a nuestra rutina. Al final, cuidar aquello que utilizamos para limpiar nuestra boca también forma parte de mantener una higiene adecuada.
Las revisiones nos permiten comprobar si nuestros hábitos están funcionando
Aunque mantengamos una buena higiene en casa, las revisiones profesionales continúan teniendo un papel importante. Nosotros podemos observar cambios evidentes, pero no siempre somos capaces de identificar una caries en sus primeras fases, una inflamación de las encías o determinados problemas que todavía no producen molestias. Precisamente por eso no deberíamos relacionar automáticamente la visita al dentista con sentir dolor. En la web de CIO Arturo Soria explican que la odontología preventiva incluye aspectos como las revisiones, la valoración de las técnicas de cepillado y el control temprano de problemas como pequeñas inflamaciones gingivales o caries incipientes. Esta perspectiva nos ayuda a entender que acudir a una consulta no tiene por qué significar que exista necesariamente un problema importante, ya que una parte del cuidado dental consiste precisamente en intentar detectarlo antes de que avance.
La frecuencia de las revisiones puede depender de nuestra situación y de las indicaciones que recibamos. Una persona con determinados antecedentes o problemas puede necesitar un seguimiento diferente al de otra que mantiene una buena salud bucodental. Por eso resulta más razonable seguir una recomendación adaptada a nuestro caso que establecer por nuestra cuenta una regla idéntica para todo el mundo. Lo importante es no esperar sistemáticamente a que aparezca dolor para acordarnos de nuestra boca.
Nuestras encías también forman parte de la salud bucodental
Cuando hablamos de cuidar nuestra boca solemos concentrarnos en los dientes porque son la parte más visible, pero las encías también merecen atención. Si observamos sangrado frecuente, inflamación, cambios de aspecto o molestias persistentes no deberíamos asumir automáticamente que es algo normal. A veces podemos acostumbrarnos a pequeños síntomas simplemente porque llevan mucho tiempo acompañándonos y terminamos dejando de prestarles atención.
La higiene debe realizarse cuidadosamente alrededor de la línea de las encías y también entre los dientes. Si una zona sangra de manera repetida, abandonar completamente su limpieza por miedo a empeorarla tampoco debería ser nuestra decisión automática. Lo recomendable es consultar para saber qué está ocurriendo y recibir indicaciones adecuadas para nuestro caso. No todos los sangrados tienen necesariamente la misma causa.
También podemos aprovechar el momento del cepillado para observar nuestra boca. No necesitamos examinarnos de manera obsesiva, pero sí conocer cómo son normalmente nuestros dientes, lengua y encías. De esa manera resulta más sencillo identificar un cambio que permanece durante un tiempo. Conocer nuestro propio cuerpo es una herramienta bastante útil porque nos permite detectar cuándo algo deja de comportarse como suele hacerlo.
Mantener nuestros dientes durante años depende de la constancia
Cuidar nuestra boca no exige dedicar horas cada día ni convertir la higiene dental en una preocupación permanente. Lo que realmente necesitamos es mantener una serie de hábitos sencillos durante mucho tiempo. Un buen cepillado, la limpieza interdental, una alimentación equilibrada, la atención a nuestras encías y las revisiones profesionales forman un conjunto mucho más útil que intentar solucionar todos los problemas cuando ya han aparecido.
También debemos recordar que nuestras necesidades pueden cambiar. No cuidamos exactamente igual una boca durante la infancia que durante la edad adulta, ni necesariamente tendremos las mismas necesidades si llevamos ortodoncia, implantes, prótesis o determinados tratamientos. Incluso nuestra destreza manual puede cambiar con los años. Adaptar la higiene a cada etapa resulta mucho más lógico que mantener para siempre una rutina simplemente porque es la que hemos utilizado toda la vida.
Lo más importante probablemente sea dejar de considerar el cuidado dental como una tarea que hacemos solamente para evitar una visita al dentista. Nuestros dientes nos acompañan cada día y merece la pena dedicarles unos minutos. No existe un truco capaz de garantizar que nunca tendremos un problema, pero sí podemos reducir riesgos y detectar antes determinados cambios mediante hábitos razonables y constantes. Al final, cuidar nuestra boca durante diez minutos repartidos a lo largo del día puede convertirse en una de esas pequeñas rutinas cuyo valor terminamos apreciando especialmente con el paso de los años.